viernes, 10 de enero de 2014

Mensaje a Marte








Una gran parte del público fue arrestada. Las sillas volaban de un lado a otro del Theâtre des Champs-Elysées y los asistentes combatían a puñetazos. Un pianista había abierto la temporada de la prestigiosa sala, el 4 de octubre de 1923, con unas obras llamadas Airplane Sonata, Sonata Sauvage y Mechanisms y, mientras el combate tenía lugar, un hombre solitario, en un palco, aplaudía rabiosamente y gritaba “¡Quel precision! ¡Quel precision! ¡Bravo! ¡Bravo!”.
El hombre que aplaudía era Erik Satie y el pianista, George Antheil, era un norteamericano que había llegado a Europa persiguiendo un amor imposible, que luego regresaría a los Estados Unidos, donde compondría para Hollywood, y que compartiría la patente de extraños inventos con la actriz e ingeniera Hedy Lamarr, conocida como “la mujer más bella del mundo”. Un compositor que acabó convertido en objeto de culto por una obra que nadie supo, durante mucho tiempo, cómo sonaba. Un ballet –que nadie bailó– llamado Ballet mécanique, que resultaba imposible de interpretar tal como había sido escrito, para 2 pianos, 16 pianolas sincronizadas, 3 xilófonos, 7 campanas eléctricas, 3 ventiladores, sirena, 4 Gran Caza y tam-tam, y que después de dos estrenos, uno en París en 1924 (exitoso, a pesar de que sonó cualquier cosa) y el otro un año después en el Carnegie Hall (un fracaso, por las mismas razones) desapareció de la faz de la Tierra.
“Mi Ballet mécanique es la nueva Cuarta Dimensión de la música”, escribió Antheil en 1925, en la revista De Stijl. “Mi Ballet mécanique es la primera pieza de música que ha sido compuesta de y para máquinas, EN LA TIERRA... Mi Ballet mécanique es la primera música EN LA TIERRA que tiene su primer germen de vida en los nuevos fenómenos ‘tetra-dimensionales’, donde el funcionamiento del tiempo en música difiere del tiempo ordinario y de la serie de fenómenos deductivos y también puramente físicos que lo suceden”, abundaba. “Mi Ballet mécanique –argumentaba– es la primera Forma Temporal de la Tierra (‘time form’ en el original hace referencia a ‘life form’, en inglés ‘forma de vida’). Mi Ballet mécanique no es tonal ni atonal. De hecho, no es de ningún tipo de tonalidad en absoluto. No tiene nada que ver con la tonalidad. Está hecho de tiempo y sonido... los dos materiales fundamentales de los que está hecha la música. Mi Ballet mécanique surge de la primera y principal materia de la música: Tiempo-Espacio. Mi Ballet mécanique tiene una conexión más cercana con la vida que cualquier música tonal que lo haya precedido. Pero es una conexión musical, no literaria. En mi Ballet mécanique les ofrezco, por vez primera, música dura y hermosa como un diamante. El Ballet mécanique es la primera pieza en el mundo concebida en un solo trozo sin interrupción, como una sólida barra de acero.”
La obra se llamaría, originalmente, Mensaje a Marte, y recién pudo reestrenarse en 1999, gracias al pasaje de lo perforado en los rollos de pianola originales a un sistema midi, y lo que puede afirmarse –si se le cree al propio Antheil y a su autobiografía Un chico malo de la música, de 1945–, es que no guardó un buen recuerdo de la obra: “Si el público aún piensa en mí de algún modo, probablemente me vea como el compositor de este maldito Ballet mécanique... Es francamente mi pesadilla, y esto aun a pesar de no haber tocado desde 1925 la idea de ‘mecanismo’ en música, ni estética ni prácticamente.”
En un siglo que convirtió el escándalo en prueba de valor y el concepto en obra, una obra que durante más de setenta años fue sólo concepto y cuyo autor tuvo todas las características del personaje maldito –por lo menos en sus primeros años– no podía no convertirse en mito. El propio Antheil, en su autobiografía, pone en foco la cuestión: “No se crean que sólo porque aquí maldigo y balbuceo es porque considero a mi
Ballet mécanique como una loca travesura juvenil. Es una obra completamente sincera, aunque posiblemente juvenil, pero profundamente representativa de un período muy interesante en la historia del mundo. Ha tenido un éxito tremendo en París, generó el entusiasmo de una generación artística entera, entre los cuales se encontraban Jean Cocteau, Virgil Thomson, Erik Satie, y hasta James Joyce... También ha tenido mala reputación en los Estados Unidos sólo porque tuvo que soportar un concierto mal presentado y erróneamente publicitado en el Carnegie Hall. En resumen, se ha convertido en algo diferente de lo que realmente es, un mito. Su título, por ejemplo, parece sugerir que se trata de una ‘danza mecánica’, un ballet de mecanismo, de maquinaria, posiblemente para ilustrar el interior de una fábrica. Yo llamé a mi pieza Ballet mécanique, pero realmente no recuerdo por qué. De hecho, la llamé Ballet mécanique aun a pesar del consejo de Sylvia Beach, quien estaba en lo cierto acerca de que el título podría ser mal interpretado por los franceses como ‘escobillas mecánicas’; las palabras ‘ballet’ y ‘escobillas’ suenan exactamente iguales en francés. El título que originalmente le di a la obra (aparece en el manuscrito comenzado en Alemania) era Mensaje a Marte. Considerado desde el punto de vista de la pura altisonancia, es, por supuesto, mucho peor que Ballet mécanique; es más, implica toda clase de cosas místicas y moralistas que ciertamente se repelerían con los bloques de hielo que conforman la música.”








Después de su estreno en 1999 llegaron nuevas interpretaciones e incluso grabaciones en disco –la publicada por el sello Naxos, con la versión realizada por el propio Antheil en 1953, con cuatro pianos en lugar de las 16 pianolas, es sumamente recomendable–. En Buenos Aires, el autor había sido, en los ’70, el personaje central de una obra del histórico Grupo de Acción Instrumental comandado por Jorge Zulueta y Jacobo Romano, en el que revistaban, en ese entonces, Ana María Stekelman y Marilú Marini, y su Ballet mécanique fue parte del ciclo de conciertos de música contemporánea del Teatro San Martín en 2009. “Las palabras ‘Ballet mécanique’ eran brutales, contemporáneas, duras, eran símbolo de un agotamiento espiritual, del superatlético período de insensibilidad que daba comienzo a ‘El largo armisticio’. El Ballet mécanique perseguía estrictamente ‘el sueño’”, escribía Antheil. Para él, la obra era “una danza mecánica de la vida, o tal vez una señal de esos tiempos turbulentos y belicosos de 1924, puesta dentro de un cohete y lanzada a Marte.” Buscaba, decía, “advertir a la era en la cual yo vivía, acerca de la simultánea belleza y peligro de su propia filosofía y estética mecanicista inconsciente. Como yo lo veía, mi Ballet mécanique (¡debidamente tocado!), era racionalizado, brillante, frío, a menudo tan ‘musicalmente silencioso’ como el espacio interplanetario, y también a menudo tan caliente como una fundición eléctrica, pero siempre intentando, al menos, operar sobre nuevos principios constructivos más allá del marco de las normas preestablecidas (desde la Novena de Beethoven y Bruckner). No fui completamente exitoso con ello, pero fue un intento hacia una nueva forma, una nueva concepción musical, que se extiende, creo, hacia el futuro.” Autor, más adelante, de varias sinfonías y de la música para los films The Bucaneer, Angels over Broadway y The Pride and the Passion, Antheil sí tuvo éxito, en cambio, en un campo inesperado. Escritor de artículos de endocrinología y consejero de su vecina Lamarr acerca de la cuestión de cómo agrandar los pechos, fue ella la que en 1997, a los 83 años, recibió un reconocimiento retrospectivo y dedicado a ambos, el "Premio al Pionero" de la California’s Electronic Foundation por las invenciones de un sistema para encriptar mensajes y otro para lanzar torpedos teledirigidos, basados ambos en los ejercicios de escalas pianísticos.

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