lunes, 19 de mayo de 2014

La cuna se moverá







Es posible que se lo recuerde por haber sido el autor de la versión en inglés de La ópera de tres groschen, de Bertolt Brecht y Kurt Weill, que Lotte Lenya estrenó en Broadway en 1952 y con la que llegó a las 2611 representaciones a lo largo de siete temporadas consecutivas. Y, sobre todo, por su traducción de “Mack the Knife”, que cantantes como Louis Armstrong o Ella Fitzgerald hicieron famosa.
Tal vez, su nombre aparezca asociado con el hecho de haber sido colaborador y, posiblemente, amante de Leonard Bernstein. O con haber tenido que comparecer, en 1958, ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses, explicando tanto su afiliación al Partido Comunista, entre 1935 y 1948, como la expulsión del partido a causa de su homosexualidad. O con haber muerto en 1964 en Martinica, durante sus vacaciones, en lo que en esa época se denominaba “misteriosas circunstancias”, es decir por las hemorragias internas producidas a lo largo de una noche junto a tres marineros portugueses.
Marc Blitzstein, sin embargo, más allá de haber sido discípulo de Arnold Schönberg y, en Francia, de Nadia Boulanger, de ser amigo –y devoto– de Kurt Weill, de una ópera sumamente interesante –Regina– , sobre un texto de Lillian Hellman–, de algunas canciones bellísimas, como “I Wish It So”, de la comedia Juno , que Dawn Upshaw grabó en 1993 junto a Eric Stern en piano, y de su proyecto inconcluso sobre Sacco y Vanzetti, fue quien compuso, en 1936, la más extraña comedia musical –con nada de comedia, en todo caso–, quien protagonizó la más épica de las jornadas con el estreno (nunca sucedido del todo) de esa obra y quien por esa causa se convirtió en personaje (él y esa comedia y su director de escena, Orson Welles) de una película de Tim Robbins.
La obra, titulada The Cradle will Rock (la cuna se moverá), fue financiada por el Programa Federal de Teatro, el brazo del New Deal de Roosevelt en el ámbito del entretenimiento. Y fue el mismo gobierno, aunque desde otro lugar (un grupo de senadores que, anticipando en casi veinte años al famoso McCarthy, investigaban las actividades “antiamericanas” de los artistas), el que impidió –o al menos lo intentó– el estreno. A esto se sumó la acción intimidatoria del Actor’s Equity, el sindicato que agrupaba a los intérpretes de teatro “en vivo”, cuya conducción en ese entonces estaba asociada con los grupos estadounidenses de extrema derecha. El sindicato, con el argumento de que la obra “ya no era un proyecto federal”, prohibió a sus afiliados participar en él.
“Estoy regresando a mi casa ahora, ya es suficiente por hoy,/ yendo a mi habitación, prendiendo la luz./ Jesús, apaguen esa luz…”, empieza cantando, contra un farol (todo un tópico), la joven Moll –Emily Watson en el film de Robbins–. “No estoy desde hace mucho en Steeltown (Ciudad del acero)./ Trabajo dos días a la semana./ Los otros cinco mis esfuerzos no son requeridos./ Por dos días de siete/ me dan dos billetes de un dólar./ Así que ahora estoy buscando por la calle/ para los otros cinco días en que sería lindo comer./ Jesús, Jesús, ¿quién dijo ‘déjalos comer’?” Moll es una prostituta. Y esa canción, una de las melodías más hermosas que puedan imaginarse, con el clásico estilo quebrado, de grandes saltos melódicos y modulaciones repentinas que caracterizan el lenguaje de Blitzstein, junto al texto más amargo, da comienzo a una obra en cuyo transcurso, de manera casi didáctica, se verá cómo todos, incluyendo a los propios artistas, son como prostitutas.
Pero en el medio, con personajes como el Reverendo Salvación y Mr. Mister (el dueño de todo), hay otra canción inolvidable, también a cargo de Moll. Ella cuenta que estuvo el jueves, o el martes, en el café de Andy. Que desayunó y almorzó café. Y que para la cena sólo consiguió café. Y que, tras la puerta, vio brillando una moneda y se apresuró a ponerle el pie encima. “Entonces miré de cerca, y no había ninguna moneda”, canta. “Señor, no sabe lo que sentí, creyendo que tenía una moneda bajo mi pie. Tal vez usted esté feliz de saber/ lo que hace a la gente buena o mala/ por qué un seguro ganador se convierte en un bastardo/ y también al revés./ Le diré lo que yo siento:/ sólo se trata de una moneda bajo el taco./ ¡Oh!, usted puede vivir una vida de Flores y Corazones/ y cada día es un viaje por la Tierramágica./ ¡Oh!, usted puede soñar y planificar,/ y cada día poner y sacar, sacar y poner/ Pero primero esté seguro/ de que la moneda esté bajo su pie…” Quien cantaba ambas canciones era Olive Stanton, una ex desempleada pelirroja y menuda que se había incorporado al elenco, precisamente, a partir de las listas del Programa Federal. Y se convertiría en una heroína.
El 16 de junio de 1937 iba a ser el día. La “ópera” –según la partitura– u “obra teatral con música” –como la llamaba Blitzstein– se presentaría en el Teatro Maxine Elliot pero la sala estaba rodeada, desde la mañana, por una barricada de guardias. Welles y John Houseman, el productor, utilizaron lo que quedaba del día para conseguir otro lugar y llevar allí un piano. A la noche, esperaron al público en la calle y explicaron que la obra no se representaría porque había sido prohibida pero que, en el escenario del Teatro Venice, a veinte cuadras de allí, Marc Blitzstein cantaría todas las canciones acompañándose al piano. La multitud, en caravana y siguiendo a Welles y Houseman por las calles de Manhattan, es la primera gran escena. La segunda fue después, cuando ya en la sala, después de que el compositor dijera “Una esquina, Steeltown, Estados Unidos…” y empezara a entonar “Estoy volviendo a casa…”, una voz empezara a cantar con él desde la platea.
Olive Stanton se puso de pie y se hizo cargo del personaje y, a partir de ese momento, otros se animaron a desafiar al sindicato y al gobierno. The Cradle will Rock se representó así, con los actores y cantantes repartidos en la platea y Blitzstein tocando solo sobre el escenario. Y así la exhumó Leonard Bernstein años después, ocupando el lugar vacante del compositor y pianista. Existen versiones discográficas tanto de un elenco neoyorquino, con Patty Lupone en el papel de Moll, como de la versión de Bernstein. Y, desde ya, la banda sonora del film. La historia (y la música) merecen ser escuchadas.

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