miércoles, 24 de junio de 2015

Ornette Coleman y William Burroughs: la interzona

 

Ornette y Burroughs se dan la mano. El de la derecha es Buckminster Fuller.






“Intento expresar un concepto según el cual una cosa pueda ser traducida por otra. Pienso que el sonido tiene una relación mucho más democrática que la información, ya que no necesitamos de un alfabeto para comprender la música”, decía Ornette Coleman en una inusual entrevista realizada por Jacques Derrida y publicada en 1997, en el número 115 de la revista Les Inrockuptibles. El saxofonista que usó por primera vez la marca registrada Free Jazz como título de un disco donde su cuarteto y el de Eric Dolphy improvisaban simultáneamente, agregaba:  “Trato de ser innovador, lo que no quiere decir ser más inteligente, ni más rico. No es una palabra, es un acto. En la medida en que no está hecho, no vale la pena hablar de ello.”
  Ornette y Derrida hablaban, entre otras cosas, de la ausencia de una lengua original. Uno ignoraba las palabras de los esclavos que habían llegado a América, pero se reconocía en el ebonics hablado por los negros estadounidenses. El otro, hijo de judíos argelinos que hablaban francés, desconocía cualquier rastro de los idiomas originarios utilizados por sus supuestos antepasados, argelinos o judíos. Y uno y otro hablaban, naturalmente, de traducción. Había, en la charla, no obstante, dos tópicos tangenciales. Uno era la idea acerca de la música improvisada como un puzzle. Y el otro, la propia cultura del norte africano. Y en ambos estaba implicado un tercer hombre. El escritor que más se había acercado al puzzle, como estética, y al jazz como  lenguaje, con su estructura organizada alrededor de un tema ­–una sucesión de variaciones/improvisaciones con ocasionales vueltas, parciales o totales de ese mismo tema, y su reexposición final. El tercer hombre era William Burroughs, el mismo que había viajado dos veces a Marruecos participando de las grabaciones de un grupo sufi llamado The Master Musicians of Joujouka, utilizando en cada caso un traductor diferente. En la primera ocasión había sido Brian Jones, el integrante más experimental (o el único experimental) de los Rolling Stones. En la segunda fue Ornette Coleman, con quien había compartido cartel en un film raro de toda rareza, Chappaqua, dirigido por Conrad Rooks en 1966. Allí Burroughs encarnaba a Opium Jones y Ornette Coleman a Comedor de Peyote. Incidentalmente, Rooks encargó al saxofonista la banda de sonido pero nunca la utilizó y la reemplazó por otra, provista por Ravi Shankar y Philip Glass.
  Ornette, sin embargo, acabó siendo el músico de Burroughs en 1991, cuando tocó en la banda de sonido de Naked Lunch, junto a su hijo Denardo en batería, Barre Phillips en contrabajo, J. J. Edwards en sintir (un laúd marroquí) y Aziz Bin Salem en nai (una flauta de caña originaria de Turquía) y rodeado por la grandilocuente partitura de Howard Shore y su orquestador Homer Denison. El film, dirigido por David Cronenberg, tomaba como base la novela que Burroughs había escrito en Tánger en 1959 pero, también, esbozaba una especie de biografía del escritor. Entre sus personajes estaban, por ejemplo, Ton y Joan Frost, dobles ficticios de Paul y Jane Bowles, a quienes había conocido en el norte africano; había, por supuesto, una importante alusión a Interzona –cuya idea surgió del bar lleno de extranjeros donde solían tocar los Master Musicians of Joujouka; y estaba, sobre todo, por aquí y por allá, la propia música de los maestros de Joujouka.
  La música, como el film, trabaja con objetos encontrados, empezando por el propio saxo de Ornette Coleman y los sonidos marroquíes. Pero, además, Ornette revisita “Misterioso” de Thelonious Monk y la toca junto al pianista David Hartley en una versión de la que mal podría decirse otra cosa que su propio título. Es, tal vez, la más misteriosa, y extraña (y politonal, claro) lectura de un tema de Monk que pueda encontrarse. También hay una especie de cita a “My One and Only Love”, en el interior de un exquisito dúo de saxo y contrabajo llamado “Intersong”. Lo más interesante de la banda de sonido descansa, justamente, en los momentos más burroughsianos, que son aquellos en los que Ornette Coleman toca en un contexto más cercano a su música habitual. En ese territorio, el papel de Phillips es fundamental; su trabajo con el arco en “Clark Nova Dies”, en “Interzone Suite” y el líricamente salvaje “Writerman”, no sólo es magnífico en sí sino que establece un grado de interacción notable con el saxo.
  Coleman y Burroughs, en todo caso, además de haber estado varias veces en los mismos lugares y al mismo tiempo, y de haber sido parte activa en el diseño de un cierto espíritu de época, dan la sensación de haberse estado esperando. Ambos fueron inspirados e inspiradores de otros –y si hiciera falta un ejemplo bastaría con el grupo Soft Machine, adalid del jazz-rock inglés, en su versión más avant-garde, que eligió nombrarse con el título de la novela que siguió a Naked Lunch, en 1962. El jazz, por su parte, influenció al escritor de dos maneras. Una, muy romántica y en línea directa con Lord Byron, tuvo que ver con tomar las vidas de los músicos –y en particular la relación con la droga– como obra. La otra es, quizá, más profunda. Es una conexión rítmica. Gestual. Una sensación de límite, de abismo, de riesgo en la narración, de electricidad y sorpresa, de tensión extrema entre la pausa y la explosión que sólo existe, en todo caso, en dos lugares: la prosa de Burroughs y un buen solo de jazz. Y si es de Ornette, mejor.

1 comentario:

  1. Gracias por articular estos registros tan especiales de la sensibilidad...

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