sábado, 9 de enero de 2016

Fragmentos










En 1955, la revista Down Beat lo definía como “el canadiense de 22 años cuya manera de tocar el piano está empezando a fascinar a los fans del jazz”. En una pequeña columna, publicada el 13 de julio de ese año, Paul Bley, el joven pianista, anunciaba: “El jazz está listo para una nueva revolución”. Y cuando le preguntaban acerca de sus modelos, sonreía apenas y decía tan sólo dos palabras: “Louis Armstrong”. Fue no solo uno de los más importantes instrumentistas del género sino uno de los grandes creadores de lenguaje. El domingo 3 de enero, según informó su hija, falleció a los 83 años, rodeado de su familia.
  Su último disco, con la grabación de un recital en Oslo en 2008 (Play Blue, publicado por el sello ECM en 2014) fue, sin duda, uno de los mejores de los últimos años. El primero, llamado de manera suscinta Introducing Paul Bley, era de 1953 y allí tocaban, junto al prodigio de 20 años, nada menos que Charles Mingus en contrabajo y Art Blakey en batería. Entre esos dos puntos se articula una de las vidas musicales más intensas, creativas y coherentes del último medio siglo. Un recorrido con mojones tan altos como el trío que conformó en 1961 junto a Jimmy Giuffre en clarinete y saxo y Steve Swallow en contrabajo, el quinteto de 1958, con Ornette Coleman, Don Cherry, Charlie Haden y Billy Higgins, sus grabaciones con Sonny Rollins y Coleman Hawkins en 1963, y, más cerca, su trío de 1998/9 con dos viejos compañeros de ruta, Gary Peacock y Paul Motian. Sus versiones de “Ida Lupino”, un tema compuesto por quien fue su mujer, la notable Carla Bley, incluidas en  Turning Point, de 1964, y, sobre todo, las geniales relecturas de Closer (1966, en trío con Swallow y Barry Altschul) y Open to Love (piano solo, 1972) alcanzarían para colocarlo en el sitial de honor. Pero hay, por supuesto, muchas otras razones.
  Con lazos estilísticos evidentes con pianistas del bop como Al Haig o Bud Powell y con tempranos experimentadores como Red Garland, Bley fue elaborando una suerte de fragmetarismo sumamente personal, tan lírico como ascético. Sus maneras de frasear, y de desarrollar un tema, en ocasiones eran casi epigramáticas. Y era capaz, al mismo tiempo, de un virtuosismo à la Oscar Peterson –en 1949 fue su reemplazante, en el Alberta Lounge, y Peterson impulsó su carrera– sumamente infrecuente en los músicos más modernistas. Mucho de lo que en la década del 60 se consolidaría como Free Jazz –esa corriente donde la improvisación se independizó de la idea de tema y en la que frecuentemente se buceaba en la atonalidad y los patrones rítmicos asimétricos– salió de sus manos. Y mucho de lo que muchos años después divulgaría Keith Jarrett  en sus largas improvisaciones para piano, ya estaba presente en el estilo temprano de Paul Bley.
   Nacido el 10 de noviembre de 1932 en Montreal,  había fundado, a comienzos de los ’50, el Jazz Workshop de esa ciudad, tocando, cuando aún era un adolescente, con músicos como Charlie Parker, Lester Young y Ben Webster. Formado inicialmente como violinista, y con una sólida técnica clásica, fue el director de la orquesta con la que Mingus grabó en 1953 y el contrabajista decidió producirle su primer disco. En 1964, por invitación de Bill Dixon, se incorporó a la Jazz Composers Guild, una especie de cooperativa de músicos de las corrientes más modernistas del jazz a la que pertenecían Roswell Rudd, Cecil Taylor, Archie Shepp y Sun Ra, entre otros.
  Músico de músicos y posiblemente uno de los que más han grabado en la historia del jazz, ha dejado una obra de una riqueza y variedad impactantes. Desde algún documental de la televisión canadiense donde aparece tocando con Parker, hasta registros con Pat Metheny y Jaco Pastorius, la figura de Bley recorre ni más ni menos que la médula del último medio siglo de jazz. Un resumen es virtualmente imposible y una selección, entre más de 100 ediciones de las que una gran mayoría resulta esencial, es poco menos que un despropósito. Aun así, Closer, Open To Love, Axis, su postrer concierto en Oslo, el Giuffre 3 de 1961 y su resurrección de 1990, registrada por el sello francés Owl con el título The Life of a Trio  y los dos discos con su cuarteto junto a John Surman, Bill Frisell y Paul Motian (Fragments y  Paul Bley Quartet, ambos en ECM, de 1986 y 1987)  bien pueden ser un punto de partida.

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