domingo, 17 de enero de 2016

Las tres vidas de Domenico Zipoli








Como en todo buen cuento, en el de la presunta vida de Domenico Zipoli hay una princesa. O, como cada vez que hay un misterio, la historia lo atribuye a una mujer. El enigma es sencillo: en 1716, luego de la edición de un libro de piezas para clave, un compositor prominente, discípulo de Alessandro Scarlatti y Bernardo Pasquini, desaparece. Y muy poco después, en la lejana Córdoba, capital por ese entonces de la provincia jesuítica del Paraguay, se afinca un novicio que, durante ocho años, compondrá música. Las obras, puntualmente repartidas por emisarios, llegarán a los treinta pueblos de las misiones de los Jesuitas. El novicio, que nunca llegará a ordenarse como sacerdote y morirá de una enfermedad infecciosa en 1726, se llamaba, como el compositor toscano, Domenico Zipoli. El musicólogo uruguayo Lauro Ayestarán, recién en 1941, será el primero en aventurar que uno y otro Zipoli son el mismo. Y la pregunta acerca de qué llevó al primero a convertirse en el segundo es la que desemboca en Maria Teresa Strozzi, esposa de su primo Lorenzo Francesco Strozzi, Príncipe de Forano.
La explicación oficial habla de una crisis religiosa. La otra refiere a la relación indebida con la princesa, que aparentemente había sido la mecenas de sus  Sonate d'Intavolatura per Organo e Cimbalo. Y la coincidencia entre la fecha de publicación de esta obra, que podría haber sido fundamental para cimentar su carrera europea, y la de su repentina partida a Sevilla para entrar a la orden de los jesuitas la hace bastante verosímil. Lo cierto es que, a los 28 años, el promisorio compositor, frecuentador de los círculos artísticos romanos, se convierte en quien, casi abandonado en un territorio donde ni siquiera hay obispo para convertirlo en sacerdote, simplificará su estilo, compondrá una ópera con San Ignacio como protagonista y una serie de misas y motetes aptos para ser cantados por los guaraníes. Una obra que, para peor, a partir de 1767, cuando la corona española ordenó la expulsión de América de los jesuitas, acabó extraviada o, simplemente, destruida junto con los pueblos en cuyas iglesias aún se interpretaba.  Mucho después, musicólogos como Bernardo Illari, que encontraron partituras suyas en archivos como el de Chiquitos, en Bolivia, y músicos como Gabriel Garrido le dieron su tercera vida.

1 comentario:

  1. Hermosísima la nota. Muchas gracias. La voy a publicar en el sitio del Conservatorio Provincial de Música Félix T. Garzón, de Córdoba.

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