jueves, 25 de mayo de 2017

El sonido de los sueños












...Una misma historia, una historia de terror, o infantil –tal vez sea lo mismo–, es tomada por dos de los compositores más importantes de la actualidad y desde estéticas poco menos que opuestas. Helmut Lachenmann compone una pieza en gran escala, una ópera donde los personajes son más bien los sonidos, y David Lang una pasión a la manera bachiana –aunque sin nada de Bach– donde el texto es interpelado por otros. El cuento que ambos toman como punto de partida es “La vendedora de fósforos” (o la niña de los fósforos) de Hans Christian Andersen. Y los dos lo cuentan como si se tratara de un sueño. O la ensoñación, en todo caso, es la que da cuenta de ese universo de sonidos subdivididos, espejados y proliferados hasta el infinito, en Lachenmann, y de esa suerte de letanía que cuenta sin pasión la Pasión de una niña golpeada por su padre, tratando de vender fósforos en una noche de navidad, viendo la alegría detrás de las ventanas ajenas mientras muere de frío en la calle. Como en sueños, pasado y presente, el propio mundo y el ajeno, el sufrimiento y la esperanza transitan por ese relato sin fronteras, con la misma naturalidad con que la habitación conocida se transforma en un pasillo sin final, en una caída interminable...

De "El sonido de los sueños", ensayo que da título al libro que, en estos días, publica Debate.

Días y espumas

"Soy snob, aún más snob que hasta hace un rato, y cuando me muera quiero un sudario de Dior", canta Boris Vian en "J'suis snob", con música de Jimmy Walter. Una versión muy lograda de Alberto Favero, que interpretaba su mujer de entonces, Nacha Guevara, introducía la variante "Tengo abono en el Colón pero no voy". Vian, trompetista amateur, letrista de canciones y cantante, autor de muchas novelas ingeniosas y de algunas geniales –La espuma de los días, Otoño en Pekín que, claro, no sucede ni en otoño ni en Pekín–, dijo algunas grandes frases ("la lengua es un órgano sexual que ocasionalmente puede utilizarse para hablar", "los seres humanos se equivocan en conjunto pero parece que siempre tienen razón cuando están solos") y escribió también sobre una de sus pasiones, el jazz. Fue un ferviente defensor del hot y un furibundo enemigo del cool, en una época en que parecían ser opuestos. La encarnación del mal, en música, para él tenía un nombre: Gerry Mulligan. Había nacido en 1920. Murió a los 39 años de un ataque al corazón mientras asistía, de incógnito, al preestreno de la película de la que había sido expulsado después de pelearse con todo el mundo. Se trataba de la adaptación de su novela Escupiré sobre sus tumbas, que en su momento había firmado como Vernon Sullivan por miedo al escándalo. El film fue dirigido por Michel Gast y tiene una bella banda de sonido de Alain Goraguer,

miércoles, 24 de mayo de 2017

Dos guitarristas

Nels Cline y Julian Lage:
https://www.youtube.com/watch?v=Hzy97Bao4NE

domingo, 21 de mayo de 2017

Naqsh

El viernes, con amigos, veo un disco que Guillermo Hernández, de Minton's, le llevó al dueño de casa. Músicas desconocidas para mí. Dos iraníes, la guitarrista Golfam Khayam –con mucho, y bueno, de Ralph Towner– y la clarinetista Mona Matbou Riahi, que conforman el dúo Naqsh. Investigo, escucho y recomiendo.

viernes, 19 de mayo de 2017

Cuervos

Se está representado hasta el domingo, en el CETC (Centro de Experimentación del Teatro Colón), el extraordinario monodrama El cuervo, del compositor Toshio Hosokawa sobre el poema de Edgar Alan Poe. La puesta es de Federico Lamas, un videasta e ilustrador. "El cuervo" (el poema) ha tenido a lo largo de la historia, diversas ediciones ilustradas, firmadas por algunos de los más célebres en el oficio: John Tenniel (el ilustrador de Alice in Wonderland, de Lewis Caroll), el genial Gustave Doré –las más cargadas de simbolismo– y nada menos que Édouard Manet, para le edición traducida al francés por Stéphane Mallarmé. Aquí, algunas de ellas.

 "El cuervo" según Tenniel






































"El cuervo" según Doré






































"El cuervo" según Manet















































jueves, 18 de mayo de 2017

El cuervo

De Queen a Lou Reed pasando por Alan Parson's Project y desde ya por Boris Karloff y Bela Lugosi, el repetitivo cuervo de Edgar Alan Poe ha sido siempre un clásico a la hora de convertir la inquietud en una de las bellas artes. Toshio Hosokawa, uno de los compositores más importantes del momento –y tal vez uno de los pocos en continuar una cierta herencia de Giacinto Scelsi– compuso, a partir del poema, un melodrama para mezzosoprano y 12 instrumentistas. Hoy se estrena en el CETC con la gran Adriana Mastrángelo como protagonista, puesta de Federico Lamas y dirección musical de Natalia Salinas.

martes, 16 de mayo de 2017

Rudepoêma

Fue el compositor de la música de la película Green Mansions, dirigida por Mel Ferrer y con él y Audrey Hepburn como protagonistas. Fue el ideólogo del extraordinario plan de educación musical implementado por el gobierno populista (¡oh no!) de Getúlio Vargas. Y sus obras posteriores a la década de 1940 fueron señaladas abundantemente por la intelligentsia musical de su época como pintoresquistas y superficiales. Lo que puede decirse con certeza, en todo caso. es que, salvo por su música para guitarra y alguna de sus Bachianas brasileiras, Heitor Villa-Lobos es un desconocido. Una de sus obras más geniales es una suerte de largo poema sinfónico para piano solo llamado Rudepoêma, compuesto en Río de Janeiro entre 1921 y 1926, algo así como la consagración de una luminosa y excéntrica primavera amazónica. Artur Rubinstein fue uno de los pianistas que interpretó esta obra. Y no hay muchos más, en parte por sus inmensas dificultades de ejecución que anticipan, claro, al pianismo híper polirrítmico de Egberto Gismonti. Entre los que sí está el notable Marc-André Hamelin. Aquí y aquí, puede escucharse –separada en dos partes– su memorable interpretación de Rudepoêma.

lunes, 15 de mayo de 2017

Música para detectives











Denis Martin escuchaba, solo en una habitación, la Sonata Hammerklavier de Beethoven. El comisario Fabel –uno de los dos detectives, el políticamente correcto, de Craig Russell– viaja en auto y escucha E.S.T, el notable trío del malogrado pianista Esbjörn Svensson (murió haciendo buceo en un lago sueco). Charlie Parker, el detective de John Connolly, más allá de su nombre, no tiene ninguna afinidad con el jazz y elige, en cambio, el country. Harry Hole suele elegir más o menos la misma música que presumiblemente le interesa a quien le dio vida, Jo Nesbø, que integró alguna vez la banda Di Derre: pop y post punk. Y Harry (Hyeronimus es su nombre pero casi ni se anima a decirlo) Bosch comparte fanatismos con su creador, Michael Connelly: Frank Morgan, sobre todo, y en particular el extraordinario tema "Lullaby", en dúo con el pianista George Cables y, últimamente, la juvenil saxofonista Grace Kelly (nacida Chung), a quien ha decidido darle una mano. En la novela The Crossing Bosch, mientras trabaja por primera vez para la defensa en lugar de la fiscalía, se toma su tiempo, además, para escuchar esta maravilla: "Naima", de Coltrane, por el saxofonista John Handy junto con Bobby Hutcherson en vibráfono y Pat Martino en guitarra eléctrica, Albert Stinson en contrabajo y Doug Sides en batería.

domingo, 14 de mayo de 2017

Estudios para lágrimas


"El primer problema tiene que ver con lo que podría llamarse el mercado. Lo que sucede es que ese mercado no existe", me decía Mariano Etkin en una entrevista realizada en ocasión de la retrospectiva que, en 1999, le dedicó el Ciclo de Música Contemporánea del San Martín. "No hay una circulación de productos y no hay una demanda para que esos productos sean ofertados, salvo en cenáculos absolutamente restringidos. En ese sentido, está claro que la posición de la música es de una debilidad mucho mayor que, por ejemplo, las artes plásticas. Porque en la música no hay mercancía." Formador de varias generaciones de creadores, en las universidades de Tucumán y de La Plata, ensayista brillante, autor de la banda de sonido de la película Los siete locos, de Torre Nilsson, y compositor de alguna de la música más bella e intensamente secreta, Etkin murió el año pasado, el 25 de mayo.
  "¿Qué pasa en este país con el canon?", se preguntaba en aquella entrevista. "Que directamente no hay un canon. Los compositores hacen tocar y grabar sus obras cuando se presentan posibilidades. Y eso es todo. No hay registro histórico. No hay interés. Brasil o Venezuela, sin ir más lejos, aun con una tradición cultural menos fuerte, demuestran una preocupación por sí mismos que nosotros no tenemos. Acá estamos huérfanos. Lo que hacemos los compositores se parece mucho a la astrofísica. Si se le pregunta a un investigador en ese campo qué difusión tienen sus proyectos, su percepción debe ser muy similar a la que tenemos los que componemos música". Tal vez no alcance para edificar ese canon ausente pero el Teatro Argentino de La Plata encargó a Etkin una obra, en la que el compositor trabajó hasta pocos días antes de su muerte y a la que tituló Estudios para lágrimas. Hoy a las 18, en la apertura de su temporada sinfónica, el Argentino la estrenará con su Orquesta Estable, dirigida por Pablo Druker. El resto del programa no podría ser más estimulante: fragmentos de la Música incidental para Rosamunde, de Franz Schubert, y la descomunal –y descomunalmente modernista– Sinfonía Nº 4 que Charles Ives compuso entre 1910 y 1916 y en cuya interpretación participará el Coro Estable del Argentino, que contará con la preparación de Hernán Sánchez Arteaga. "Cada compositor tiene sus propias preguntas y sus propias respuestas. Para mí, lo instrumental es un eje fundamental. Me interesa restringir campos y me importa la idea del tiempo musical como un tiempo distinto del que transcurre fuera de la obra", decía Etkin. En ese tiempo, y en el de los estudios y en el de las lágrimas, qué duda cabe, sigue viviendo. 

sábado, 13 de mayo de 2017

Todavía lo llaman jazz










En Tucumán, donde esta tarde daré, dentro del festival de jazz de la ciudad, la segunda parte de un curso llamado Escuela de oyentes, ideado por Adrián Iaies, el director de dicho festival, recuerdo al mejor programa radial de la historia, Todavía lo llaman jazz, que hacía Jorge Andrés en la vieja y buena Radio Municipal. Y nada mejor para recordarlo que el dúo del pianista turinés Roberto Negro y el violinista francés Théo Ceccaldi (elegido recientemente "músico del año" por la revista Jazz Magazine)