miércoles, 26 de enero de 2011

Números (redondos y de otras formas)

















El programa La discoteca de Alejandría cumplió, el pasado domingo, 100 emisiones. Y este blog lleva ya 56253 visitas.

El lenguaje de la música; el lenguaje sobre la música














"Hay canciones que son más que canciones", decía una voz femenina, por la radio. Y agregaba, más o menos: "Canciones que se escuchan con la piel, que te hacen reir o llorar por lo que te recuerdan". Era un aviso, creo que no muy bueno porque olvidé de qué. Pero me resultó interesante la idea de la música, o del placer de la escucha, que allí estaba implícita. Ningún compositor, ni teórico, ni yo mismo, supongo, suscribiríamos personalmente lo que allí se afirmaba y, no obstante, eso expresaba algo que podría considerarse verdadero en relación con la experiencia de la escucha para muchos. El placer por la función evocativa y por la posibilidad de asociación de una música con un momento en particular; la posibilidad de una audición de piel, puramente emotiva, superior a cualquier otra posible percepción. Esas razones, que para Adorno, en su clásica sociología de la música, hubieran correspondido a los oyentes menos calificados -los emocionales–, aquí se enunciaban como pruebas de una verdadera ecucha, de la mejor de todas, de esa provocada por "canciones que son más que canciones" y capaz, a su vez, de convertir a ciertas canciones en más que lo que son. Nada más alejado del ideal de la escucha abstracta. Y, no obstante, nada más cercano a lo que hace que la música sea importante para tantos. Tal vez, pienso –y no estoy seguro– la experiencia de la escucha no sea tan diferente para unos y para otros. Es posible que sean similares los grados de intensidad emocional de la experiencia auditiva y lo que resulten diferentes sean los argumentos y los sistemas de valor que, consciente o inconscientemente, se ponen en juego en cada caso. Que sean distintas las enciclopedias con las que unos y otros están armados a la hora de la escucha y, sobre todo, las maneras en que unos y otros hablan/ explican/ justifican esa experiencia. Que el lenguaje de la música, tan inasible, sea el mismo en todos los casos y lo que cambie, inevitablemente, sea el lenguaje sobre la música.

lunes, 24 de enero de 2011

Obra


















Dramatis personae:
ATE (uno de los gremios estatales que nuclea a parte de los trabajadores del Teatro Colón, en conflicto con la dirección del mismo y, más allá de las discusiones internas acerca de su representatividad real o ficticia, y de las preferencias que el Estado de la Ciudad pueda tener por determinados gremios en detrimento de otros, con el grado de representatividad suficiente, tal como demuestran los hechos, como para parar la actividad del Teatro).
SUTECBA (Otro de los sindicatos que agrupa a parte de los trabajadores del Teatro Colón. Se trata del viejo gremio de los municipales, conducido, como siempre, por Datarmini y Genta; incidentalmente, ya en el comienzo del conflicto en e Colón se había manifestado en contra de las medidas propulsadas por ATE).
DIRECTOR DEL TEATRO COLÓN (Director del Teatro Colón)

Primer Acto
DIRECTOR DEL TEATRO COLÓN:
                                   Tengo un problema con ATE

Segundo Acto
DIRECTOR DEL TEATRO COLÓN:
                                   Tengo un problema con ATE

Tercer Acto
DIRECTOR DEL TEATRO COLÓN:
                                   Tengo un problema con ATE

Cuarto Acto
DIRECTOR DEL TEATRO COLÓN:
                                   Tengo un problema con ATE

Epílogo
DIRECTOR DEL TEATRO COLÓN:
                                   Albricias, solucioné mi problema con SUTECBA


¿Cómo se llama la obra?

martes, 11 de enero de 2011

La señora de ojos claros










El disco Canciones para mirar tenía una tapa de papel satinado. No era de cartón y es que, en realidad, era un disco casi casero. Papá contaba que lo había ido a comprar, por recomendación de un amigo o de la revista Primera Plana, ya no recuerdo, a un departamento donde una nujer de ojos claros atendía la puerta, decía "sí, un momentito" y al rato salía con el disco. Tiempo después fuimos al San Martín, a ver Doña Disparate y Bambuco, con Perla Santalla, que era igual a La Negra, una de mis tías abuelas, y Osvaldo Pacheco, a quienes mis padres llamaban "culito de pollo" por el gesto de la boca, que compartía con otros "culito de pollo" como Atilio Marinelli y, tal vez, su doble, Dirk Bogarde. No recuerdo haberme reído tanto hasta la aparición de El País del Nomeacuerdo y la canción "Don Enrique del Meñique". Tampoco recuerdo tristeza mayor que la que me producía "La pájara Pinta" (no podía escucharla sin llorar). Ni placer más grande que el que me daba cantar "Los castillos", que después, mucho después, toqué en flauta y me sirvió para entender qué era una escala menor. Más adelante, cuando fui maestro, Dailan Kifki, y su lectura religiosa, en capítulos, todos los viernes en la última hora, y, sobre todo, las risas, los comentarios, las caras de los alumnos de tercer grado con los que compartíamos esos momentos (que a veces se reproducían en campamentos, en "algún lugar secreto" que encontrábamos) fueron fundamentales, creo, para que muchos de esos chicos que hoy son más grandes que lo que yo era entonces, valoren la música, la literatura y, sobre todo, el humor y la inteligencia (si es que son dos cosas distintas). Mi hija Laura, ya desde bebé, conoció y disfrutó las mismas canciones, los mismos libros, las mismas poesías, el mismo humor. Y, también, mis desmañadas invenciones inspiradas por ellos: El país al que habían robado los colores, el fabuloso Reino de Quilombia, la Princesa de los Globos y la Bruja Calamuchita. María Elena Walsh, escribió además, un texto fundamental, "El país Jardín de Infantes", en 1979. Un texto cuyo efecto fue el de la ráfaga de aire claro en el medio de un pantano. Después, ya en los noventa, en una entrevista me dijo que el país, en ese momento, ya no era un jardín de infantes sino que estaba en la etapa de la secundaria: era "un país de muchachones", me dijo. La institucionalización de "la jodita", del zafar, del para qué estudiar si igual se llega a intendente, del tinellismo como fuente única, le dan la razón. María Elena Walsh murió ayer. Pocas, poquísimas, fueron hasta tal punto parte tan importante de tantas vidas.

lunes, 10 de enero de 2011

Encuesta de crítico







He aquí mi lista de lo mejor del año que pasó, en materia de discos. En el caso de la música "clásica" y del jazz aparecen tanto ediciones locales como otras que no lo son y pueden comprarse por Internet o ser encargadas en Minton's (Galería Apolo, bajando la escalera y frente a ella) –es decir: debe haber otros métodos pero estos son los dos que utilizo y me dan buenos resultados–. Las reediciones las consigno por separado, al igual que mis descubrimientos de 2010, cuando éstos no se corresponden con publicaciones del año.

Diego Schissi: Tongos. Tangos improbables (UNTREF Sonora).
Paula Shocrón y Pablo Puntoriero: El enigma (Acqua).
Roxana Amed y Adrián Iaies: Cinemateca finlandesa (20Misas/Acqua).
Juan José Castro, etc. Todo Tango. Valentín Surif (piano). (Acqua).
Scriabin, Liszt, etc. Volodos in Vienna. Arkadi Volodos (piano). (Sony).
Rose tres bele. Chansons et polyphonies des dames trouvères. Diabolus in Musica (Alpha)
Renaud García-Fons. La línea del Sur (Enja).
Jason Moran: Ten (Blue Note).
Verdi. Requiem (Harteros, Ganassi, Villazón, Pape. Dir: Antonio Pappano). (EMI.
Mahler. Sinfonía No. 8 (Dir: David Zinman). (RCA).
Monteverdi: Il Nerone, ossia L'incoronazione di Poppea (La Venexiana). (Glossa)
Giordano, etc. Verismo. Jonas Kaufmann (tenor). (Decca).

Schubert: Winterreise (Mark Padmore-Paul Lewis). (Harmonia Mundi).











Schumann:  Lieder. Maria Stuart Op. 135 (Bernarda Fink-Anthony Spiri). (Harmonia Mundi).
Sciarrino: 12 Madrigali (Neue Volcalsolisten Stuttgart). (Col legno).
Dutilleux: D'ombre et de silence. Robert Levin (piano). (ECM New Series).
Matalón: Traces (Sismal). 

Byrd: Infelix Ego (Byrd Edition Vol. 13). (The Cardinall's Musick). (Hypèrion).
J. S. Bach: Sonatas for viola da gamba and harpsichord (Paolo Pandolfo-Markus Hünninger). (Glossa).














Reediciones
John Lennon: Plastic Ono Band (EMI)
Los astros del tango: Completo (Lantower)
Beethoven: Sonatas para violín y piano (Szigeti-Arrau). (Lantower).
Modern Jazz Quartet: Under the Jasmin Tree/Space (Apple).
Benny Goodman c/ André Previn: Happy Sessions (Essential Jazz Class)
Jimi Hendrix: Band of Gypsys (Sony).
Mercedes Sosa: Yo no canto por cantar (Universal)

Descubrimientos
Penderecki: Utrenja (Dir: Antoni Wit). (Naxos)

lunes, 3 de enero de 2011

Encuestas



Un anticipo









Hay un diario argentino que anualmente publica su selección de los mejores discos de jazz. Como dice Adrián Iaies, si la revista Down Beat tiene su famosa encuesta de críticos, ésta es la única "encuesta de crítico" que existe en el mundo. Quizá, también, se trate de una versión original del "test a ciegas" (blindfold test) patentado por la revista estadounidense: el tan argentino "test a sordas". Más allá de mi propia selección (es decir mi encuesta de crítico que, de todas maneras, me llevará un tiempo) que no abarcará sólo al jazz, desde ya, y a la brevedad será publicada y, en la convicción de que aunque los discos estén desapareciendo de este mundo unos cuantos seguimos pendientes de ellos (aunque sea para bajarlos de Internet), convoco a una pequeña encuesta para lectores de este blog. La consigna es sencilla: elegir los mejores discos de cualquier género, subdividiéndolos en dos categorías. Por un lado los discos editados en 2010 (lo tradicional, podría decirse) y, por otro, los discos escuchados por primera vez en 2010 (algo un poco más personal).

lunes, 20 de diciembre de 2010

Desorden








"Desorden" es el título de uno de los Estudios para piano de György Ligeti. Y también es aquello en que mis discos incurren, por cuenta propia, agrupándose azarosamente en pilas que pueden llegar a tener alturas tan considerables como lo precario de su equilibrio y que tienden a proliferar en cualquier superficie más o menos plana que encuentren. Cada tanto, tomo cartas en el asunto y ordeno. Comienzo agrupándolos por género y, luego, por época, estilo y autor o intérprete (según se trate de música de tradición escrita o popular). Y eso trae sorpresas. A veces, desagradables (comprobar que se ha comprado lo mismo más de una vez). Y a veces, cuando se descubre un disco cuya adquisición había sido olvidada, maravillosas. Por ejemplo, escucho ahora, mientras tomo una pizca de ron venezolano, una joya que alguna vez compré en Minton's y cuya existencia, en el fondo de una pila inexplorada, había permanecido inadvertida hasta recién. Se trata de una edición del sello Lonehill y agrupa dos discos de Johnny Hodges con el nombre Buenos Aires Blues. El primero es en quinteto, con Lalo Schifrin en piano (uno de sus temas es el que da título a la edición), Barry Galbraith en guitarra, George Duvivier en contrabajo y Dave Bailey en batería. En el segundo, llamado originalmente The Eleventh Hour, Hodges actúa junto a una orquesta arreglada y dirigida por Oliver Nelson.

Juana, volvé











No es común que las revistas especializadas se pisen el poncho. Pero la inglesa Gramophone acaba de elegir los mejores 20 coros del mundo, según su criterio, y la francesa Diapason puso el grito en el cielo (que no caerá sobre sus cabezas). Es que, claro, 13 de la selección son británicos, entre ellos aparecen cuatro coros de niños y, según los franceses, algunos de los otros son grupos de música antigua y ni siquiera se consideran "coros" a sí mismos. Según Diapason el primer puesto para el Monteverdi Choir de John Eliot Gardiner era previsible. Pero que el notable Accentus, que dirige Laurence Equilbey –que en 2011 visitará la Argentina para actuar en el ciclo del Mozarteum–, sea el octavo les parece sospechoso de chauvinismo (y a mí también). Noveno está el RIAS Kammerchor (yo lo hubiera puesto entre los tres primeros, sin duda) y Les Arts Florissants, de William Christie, ocupa recién el puesto 15. Como para no parecer patrioteros ellos también, los de Diapason se ocupan de remarcar la ausencia del Nederlands Kamerkoor y del Coro Filarmónico de cámara de Estonia. ¿Y el Estudio Coral de Buenos Aires?

lunes, 13 de diciembre de 2010

Eficiencia




Seré macrista. No hablaré de ideologías sino de eficiencia. Pensaré, por un rato, a la ciudad como una gigantesca empresa privada. Y es que me parece excesivo suponer una ideología en el desmanejo que el gobierno muestra con respecto al Caso Soldati o al Colón, salvando, por supuesto, las inmensas diferencias entre un teatro que no funciona y un enfrentamiento de pobres contra pobres que sucede con la aquiescencia (o el fogoneo) y la posterior (e inútil) represión del Estado municipal. Tanto en el Colón como en la ciudad toda, el macrismo practica, desde ya hace demasiado tiempo como para que sea creíble, el relato del "recién llegado". Sus políticos desprecian la política, dicen –y, curiosamente, por eso se los ha votado como políticos–, llegan desde otros lados (recién, intentan convencernos) y enarbolan el look de exitosos empresarios (aunque en la mayoría de los casos no pasan de haber sido "el empleado del mes" de McDonalds). Ocultan que son gobierno en la ciudad desde hace unos siete años (durante toda la segunda gestión de Ibarra y el interregno de Telerman el Pro fue mayoría legislativa en la ciudad y no se recuerdan demasiadas de sus iniciativas para mejorar la vida urbana), Macri fue diputado antes que Jefe de Gobierno (tampoco consigna el inventario sus proyectos para que el país fuera más parecido a sus ideales) y, además, no es que en la actualidad empiece con su mandato sino que, más bien, está por terminarlo. Sigamos olvidando la ideología y supongamos que lo que Macri desea es la expulsión de todos los extranjeros pobres. Vayamos más lejos y concedamos que su proyecto es la exterminación de dichos extranjeros, mediante cámaras de gas, por ejemplo. ¿Es que no debe hacer algo para lograrlo? ¿Dónde están sus acciones de gobierno tendientes a la expulsión o el exterminio? ¿Dónde sus planes para conseguir el apoyo de la Legislatura o, en su defecto, para clausurarla e inaugurar la primera dictadura capitalina autónoma? ¿Es que acaso su ex delfina, la preclara Gabriela Michetti, ha presentado a la honorable Cámara de Diputados que integra, entre los numerosos proyectos de ley, con los que azuza día a día a sus perezosos compañeros de recinto, alguno referido a políticas migratorias o de vivienda?  Lo que quiero decir es que si el gobierno tuviera planes de derecha al respecto yo los discutiría pero que, en este caso, hay simplemente inacción e ineficiencia. Macri ha dedicado el tiempo que lleva de gobierno a cuestiones más bien cosméticas y a quejarse del Estado cono si no fuera el gobernante de uno de los más ricos y poderosos del país. Eventualmente, si fuera cierto que el Estado Nacional lo entorpece y combate, él, como gobernante, debería encontrar la manera de negociar/enfrentarse/ir a la guerra/pactar como para poder hacer aquello que está mandado a hacer por el voto.
Las curiosas afirmaciones de García Caffi, a la sazón director del Colón, en el reportaje para el diario Perfil en que Magdalena Ruiz Guiñazú le hace de jefa de prensa, tienen el mismo signo. Hay un viejo chiste en que a la frase "Mamá, no quiero ir a la escuela, los chicos me tratan mal, me insultan y me pegan" le responde un lapidario: "Tenés que ir, sos el maestro". En este caso, la presunta periodista no repregunta y ante espantosas acusaciones de GC a sus conducidos no se le ocurre decirle "Pero usted es el director". Es decir, igual que Macri en Soldati, para él la culpa es de otros. Ya no se trata de si su plan es bueno o malo sino de una pregunta más elemental: ¿Por qué no lo lleva a cabo?
¿Podría el director de una fábrica acusar a sus empleados de que la producción no es la deseada? Si los bailarines están pasados de edad y de peso, si no bailan como él querría, ¿No es precisamente el director quien debería arbitrar los medios para que la situación fuera la que desea? ¿Dirigir no se trata de eso? Para decirlo de otra manera, si el director se queja, ¿ante quién se queja? Es posible que no pueda dirigir; que la mediocridad y los intereses creados de un medio mezquino y oscuro impidan la concreción de sus brillantes ideas. Que las masas de horribles cantantes desafinados, mendaces violinistas con problemas de lectura, obesas bailarinas ancianas y crueles sindicalistas aviesos se acumulen en los pasillos a su paso y no hagan otra cosa que impedir las luminosas temporadas que imagina. Es posible pero, en ese caso, nadie lo obliga a seguir en un cargo que no puede cumplir ni a seguir cobrando un sueldo por funciones que, según él mismo dice, no puede llevar a cabo. Volviendo al maestro que no puede enseñar, mal puede echarle la culpa a sus alumnos. Más bien debería dedicarse a otra cosa.
También en el caso del Colón, el gobierno admite que los sueldos del personal deben ser aumentados pero dice públicamente que no encuentra la manera de hacerlo ¿No es esa una confesión de ineficiencia, y no de ideología? Uno puede intuir, más que otra cosa, un modelo de teatro con el que este gobierno –y GC haciendo el papel del mejor alumno o, por lo menos, del más olfa– se sentiría más afín. Puede adivinarse que palabras como tercerización o expresiones como reducción de personal estimulan su producción de feromonas de la misma manera en que la mención a bolivianos o paraguayos les provoca inmediatas disfunciones eréctiles a los hombres y ausencia de fluídos lubricantes a las mujeres. Pero se trata de prospecciones, de adivinanzas, porque el gobierno no hace nada. Ni siquiera tiene planes de derecha. Ni siquiera hace bien lo que se supone que le gustaría hacer. En Soldati y en el Colón hace poco más que quejarse. No gobierna. No dirige.

jueves, 2 de diciembre de 2010

...tutto nel mondo è burla...











Quedan discusiones pendientes. Y posiblemente, por lo menos durante esta gestión gubernamental en la ciudad de Buenos Aires, no lleguen a tener lugar. No es menor la cuestión de qué papel debe cumplir para la sociedad un teatro que, como el Colón, le sale al Estado 150 millones de pesos anuales (para el año próximo la Dirección del teatro solicitó en la Legislatura 185 millones). Se trata de la inversión en cultura más grande de la Argentina –en este caso realizada por  la ciudad autónoma de Buenos Aires– y más allá de la obviedad de que se trata de un teatro de ópera y ballet y de que su objeto no debería traicionar su tradición y su valor simbólico, todo lo demás debería ser planteado desde cero. Si es un "museo" del patrimonio musical de Occidente, como plantean algunos, debería tenerse en cuenta el hecho de que ese museo está en Buenos Aires. E igual que en los museos de artes plásticas que, si son manejados con inteligencia, lo primero que se preguntan es a qué colecciones tienen acceso y luego tratan de ponerlas en valor, en este caso se debería empezar por pensar qué ventajas comparativas –y en qué repertorio– podrían generarse. Un teatro de ópera, por más que esté en Buenos Aires, debe hacer Mozart y Verdi pero, en principio, es improbable que lo que allí se produzca pueda competir con los grandes teatros del mundo. La ópera es hoy carísima, el valor relativo del peso con respecto al euro no ayuda y las distancias y la falta de un corredor operístico en Latinoamérica tampoco. Pero el hecho de tener talleres de producción propios, y a precios internacionales bajos, es un dato a favor. Y si además del repertorio tradicional se hiciera, aunque fuera una vez por año, algún título que en el resto del mundo a nadie se le ocurriera –por decir algo, El matrero, de Felipe Boero, con puesta en escena de Fuerza Bruta–  la ecuación podría mejorar. La gestión de Lombardero al frente del Colón algo había hecho en ese sentido y actualmente ha logrado poner al Argentino de La Plata en un plano competitivo (y muy por encima del Colón en cuanto a interés artístico) que hace unos años nadie habría soñado. El Colón es, hoy, un teatro divorciado de tres estamentos con los que debería estar integrado por definición, y nadie se lo plantea. Es un teatro que no tiene relación con el mundo de la cultura: en una ciudad que convoca multitudes con su festival de cine independiente, con el festival internacional de teatro y hasta con el de jazz, el Colón no interpela en absoluto a ese público (lo hizo en gestiones anteriores, con la Metrópolis de Lang con música de Matalón interpretada en vivo, con Variété, con el Festival Kagel o con La Ciudad Ausente de Gandini y Piglia). Es un teatro que no mantiene relación con las instituciones musicales que el propio Estado de Buenos Aires financia: los compositores e intérpretes argentinos no tienen ningún lugar –o muy escaso– en las programaciones. Es una sala cuya programación operística no ha dado lugar ni a la literatura argentina en sus libretos ni al teatro argentino de las últimas décadas en sus puestas en escena.
Pero, como decía, estas (y otras más) son discusiones pendientes. Las actuales tienen que ver, lisa y llanamente, con un teatro que no funciona. Donde la conflictividad se ha llevado al extremo, donde se buscó desplazar a 400 empleados, entre ellos a los delegados, y se lo hizo tan mal que no sólo debieron admitirlos de nuevo sino que se los convirtió en héroes. Donde se buscó una ley de autarquía cuyo único objetivo real era sacar el Colón del ámbito del Ministerio de Cultura pero a cambio se consiguió que allí siguiera estando (aunque con un extraño compromiso de Lombardi de no meterse) y que se pergeñara un directorio con participación de los trabajadores y en el que, muy probablemente, el delegado de esa parte, el fotógrafo Máximo Parpagnoli, sea precisamente quien habían buscado sacarse de encima. Donde la conducción gremial está totalmente desmadrada, se decretan paros por tiempo indeterminado en el comienzo de los conflictos (¿qué seguirá después, la decapitación de abonados?), se mezclan cuestiones salariales con  otras de programación y hasta filosóficas y los paros y suspensiones de funciones tienen como motivos, textualmente, la exigencia de un aumento del 40 % (merecido pero sumamente complejo de otorgar en el marco de la administración municipal cuyas ventajas, por otra parte, los empleados no querrían abandonar), el cambio de los pisos para el ballet y "que Macri diga qué quiere hacer con el teatro". Y donde la dirección del teatro hace gala de la cintura política de un elefante acromegálico y tiende a recorrer los pasillos munida de bidones de nafta, a la búsqueda de la menor chispa que atizar. En ese marco, y sin que nadie tenga la menor idea de cómo seguir (tampoco los gremialistas, a decir verdad) se suspendió una función de la ópera Falstaff. Fue la tercera suspensión de funciones: la primera había tenido como víctima a Katya Kabanová de Janacek y la segunda a la cellista Sol Gabetta, que actuaría con la Filarmónica de Buenos Aires. En el medio hubo otra suspensión, la de lo que quedaba de la temporada de ballet, pero decretada por la Dirección, que acusó a los bailarines de no querer bailar. Ellos, por su parte, retrucaron con la denuncia acerca de la inadecuación de los pisos de salas de ensayo y escenario y la falta de respuesta del teatro a sus reclamos.
En cuanto al affaire Falstaff, los delegados gremiales de ATE (uno de los gremios con representación en el Colón), que habían firmado diez horas antes un compromiso de "no entorpecer las negociaciones", como no escucharon lo que querían las rompieron unilateralmente. La otra parte los acusó de "piqueteros del escenario" y amenaza con "sanciones ejemplificadoras". La pax romana a la que había arribado la gestión de Iglesias y Lombardero (ex directores administrativo y artístico respectivamente, actualmente con iguales funciones en el Argentino) fue dinamitada por una administración que paralizó las obras y la actividad artística durante un año, que se imaginó fundando Buenos Aires por tercera vez (haciéndola, decían) y que llevó al Colón a la peor situación de su historia, más allá de la posterior (y demorada) inauguración (y sin entrar en los aspectos oscuros de la misma y en lo que quedó por hacerse o se hizo mal). La política con respecto al Colón ha sido, como en los faroles de las plazas, la pintura de dorado, y como en las calles porteñas, el cambio de mano. Y Falstaff, en su casa, murmura para sí el texto de la fuga final: "Tutto nel mondo è burla. L'uom è natto burlone".