jueves, 30 de octubre de 2014

Kenny Wheeler (1930-2014). Entre la melancolía y el caos












Era un trompetista que rechazaba la estridencia, hasta el punto de ser el único capaz de estrangular intencionalmente sus sobreagudos, convirtiéndolos más en una expresión de melancolía infinita que en una explosiva fanfarria. Sus temas y su concepción orquestal, aun con grupos pequeños, jugaba meticulosamente con lo imitativo y con la independencia de las voces. Era inmensamente expresivo pero jamás exhibicionista. Y tocara lo que tocara –eso en él podía realmente significar los extremos del universo del jazz– y lo hiciera en trompeta o flugelhorn, sonaba siempre inconfundible, aterciopelado, obsesivamente preocupado por la frase y la melodía. Se llamaba –se llamará– Kenny Wheeler, fue uno de los músicos más influyentes de las últimas cuatro décadas y murió el 18 de setiembre de 2014, a los 84 años.
“Mi secreto es escribir canciones tristes y luego elegir los mejores músicos para que las destruyan”, decía. Y los mejores músicos efectivamente lo eran: Anthony Braxton, Dave Holland, Keith Jarrett, Jack De Johnette, Peter Erskine, John Abercrombie, Bob Brookmeyer, Ralph Towner, Lee Konitz o Bill Frisell, ingleses como el pianista John Taylor, la cantante Norma Winstone, el guitarrista John McLaughlin, con quien grabó en sus comienzos o los saxofonistas Evan Parker, Stan Sulzmann y Julian Argüelles, que fueron sus compañeros de ruta durante años, o, en un registro sumamente diferente, el baterista Bill Bruford, con quien participó en algunas de sus experiencias más cercanas al jazz-rock. Había nacido en Toronto, Canadá, pero desde 1952 vivía en Londres.  Estudiante de armonía y trompeta en el Conservatorio Real de su ciudad natal, en el momento de buscar un paisaje más propicio para el jazz eligió Europa, en lugar de los Estados Unidos, por una razón sencilla: la guerra de Corea. En Inglaterra estudió con el compositor Richard Rodney Benett y con el legendario Bill Russo, uno de los grandes arregladores que había tenido la orquesta de Stan Kenton. Pero su fuente más evidente fue el segundo quinteto de Miles Davis. De él venía el sonido de su trompeta, en una versión ultra refinada y estilizada. Y de Wayne Shorter tomó el estilo fuertemente angular y cromático de las melodías e incluso cierto gusto por lo imitativo que en aquel quinteto aparecía insinuado.
Con una discografía ejemplar, donde no sólo no hay puntos flojos sino que varios de sus álbumes aspiran con justicia a figurar entre los mejores de todos los tiempos, se convirtió en un músico de culto para otros músicos y sus composiciones son estudiadas con avidez por intérpretes de todo el mundo. Si bien grabó en varios sellos, y en su última época varias producciones fueron publicadas por el italiano CamJazz su música está indisolublemente ligada a ECM, de cuya edad de oro fue protagonista indiscutido.  Su debut allí no podría haber sido mejor. En Gnu High, de 1975, integraba un improbable cuarteto con el pianista Keith Jarrett (en su única aparición bajo liderazgo ajeno posterior a su partida de los grupos de Art Blakey, Charles Lloyd y Miles Davis), el contrabajista Dave Holland y el baterista Jack De Johnette. Y la música, siempre con su característica cuota enigmática e inasible, era maravillosa. Tanto como la del disco posterior, Deer Wan, de 1977, donde varios de los más importantes músicos de jazz de la época –Jan Garbarek, todavía más cercano al Gato Barbieri que a la decoración de interiores, Abercrombie alternándose con Towner, Holland y De Johnette (la base era el trío Gateway)– tocan en verdadero estado de gracia. Pero eso no era todo. En esos años había integrado, también, la experimental Globe Unity Orchestra, ideada por el pianista alemán Alexander von Schlippenbach, y había sido miembro regular del cuarteto de Braxton, con quien participó de dos extraordinarios discos de estudio –New York, Fall 1974 y Five Pieces 1975– y varios en vivo, entre los que se destacan The Montreux/ Berlin Concerts y Live, Moers New Jazz Festival 1974.
En sus dos discos siguientes para ECM se introduce un elemento de tensión entre estéticas sumamente interesante. En Around 6 (1979), las meditativas tramas armónicas y el aéreo, casi impresionista vibráfono de Tom Van der Gelt no podrían establecer un contraste mayor (ni más fructífero) con el salvaje saxo de Evan Parker –que ya había grabado con Wheeler (y ya había planteado esa clase de tensión) en  Song for Someone, de 1973—y eDouble, Double You (1983) el papel del “extranjero” le cabe al saxofonista Michael Brecker, un músico con una larguísima carrera como sesionista y más cercano al funk que a las acuarelas de Wheeler que, sin embargo –o, tal vez, por eso–, logra momentos de singular intensidad, como su inolvidable entrada y el pasaje imitativo con Wheeler en el tema “Three for D’reen”. En una trayectoria tan vasta como notable, cabe recordar, además, su producción como parte del quinteto de Dave Holland y dos discos de tesis: Music for Large & Small Ensembles (1990) y Angel Song, de 1996, cuyo cuarteto de estrellas (y sin batería) completan el saxofonista Lee Konitz, Holland en el contrabajo y Bill Frisell en guitarra eléctrica. “Todo lo que hago tiene una dosis de melancolía y una dosis de caos”, había definido el trompetista. Hasta hace un par de años siguió tocando. A comienzos de 2012 el también trompetista Dave Douglas había curado un festival de cuatro días que lo tuvo como centro. “Las noticias de Kenny no son buenas”, le había dicho hacía poco Norma Winstone a Holland, después de visitar a Wheeler en la clínica en la que estaba internado desde hacía unas semanas.  “Un espíritu bello que vive en su música y en nuestra memoria”, escribió el contrabajista en Twitter, el día de su muerte. “La mejor parte del día es cuando estoy tocando; eso pone todo lo demás en perspectiva”, decía Kenny Wheeler. Y la mejor parte del día será, para muchos de nosotros, como siempre, seguir escuchándolo.