lunes, 21 de marzo de 2011

Internas

Excrecencias. Diarrea. Vómitos. Forúnculos. Ventosidades. Cuando aquello que está en el interior sale afuera es un signo de mala salud. De descontrol. Sucede lo mismo con las relaciones humanas: esos penosos matrimonios que utiilizan a terceros para poder decirse cosas agresivas entre sí (y para buscar aliados en empresa tan impropia), esas maestras que hablan mal de las directoras de sus escuelas en las reuniones con los padres. El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires cultiva la exteriorización de lo interno. Impone a los ciudadanos el conocimiento de cuestiones que jamás deberían saber: las rivalidades entre el jefe de gabinete y quien cambió su anonimato en la vicejefatura por el anonimato en la cámara de diputados; la discusiones con otros distritos. La información sobre los actos de gobierno se reduce, casi siempre, a la explicitación de por qué (cuestiones internas, que los gobernantes deberían resolver) no se han hecho. No se nos muestran los numerosos proyectos de ley presentados por Michetti o, antes, por Macri, cuando era diputado, y rechazados por los perversos opositores sino que se nos dice que tal o cual –un juez, el gobierno nacional, los piqueteros, los ocupas– "no los dejan". Demás está decirlo: el cirujano en el momento de operar, el conductor del colectivo o el subte en el momento de manejar o, con modestia, el periodista en el momento de escribir, no pueden argüir de la misma manera. Ni la operación, ni el colectivo ni el artículo pueden quedar a mitad de camino por cuestiones "internas". Se escribirá con diarrea, se operará con angustia o se manejará con carilinas a mano pero no se concibe –salvo en áreas de gobierno– que la confesión de la imposibilidad de realización de una tarea encomendada funcione como disculpa y no como inculpación. Ningún maestro buscaría la indulgencia de la comunidad educativa diciendo "no puedo enseñar; no me dejan". Ningún albañil esperaría conservar su puesto diciendo "No puedo poner ni un ladrillo; no me dejan". La situación actual del Teatro Colón, entre muchos otros desatinos, incurre en los mismos tópicos. La triste presentación de la ópera El Gran Macabro, de György Ligeti, con pianos y percusión, por la que la dirección del teatro ha optado ante la imposibilidad de arreglar a tiempo los problemas con sus empleados, no tiene otro fin que imponer al público esa "interna". Toda la estrategia comunicativa, y la función en sí, tienen como objeto mostrar un campo de batalla con buenos (los 800 trabajadores que trabajan) y malos (los 125, según cifras oficiales, que mantienen el cese de actividades decidido por una asamblea). Se nos carga con un conocimiento (Sutecba vs. ATE) que no debería importarnos (no en este contexto, al menos). Si los empleados del Teatro Colón están divididos, si, como se ve en algunos blogs, el enfrentamiento entre sectores es de una violencia inusitada, si las acusaciones de delirantes o de entregadores que se endilgan entre sí hace difícil la tarea de dirigirlos, no es algo que a los pobladores de la ciudad, que pagan los sueldos de unos y otros, debería importarles. Los ciudadanos, por delegación, sostienen directores para que dirijan. No para que muestren cómo, o por qué, no pueden dirigir. Y mucho menos para que dilapiden el presupuesto de cultura de la ciudad en lo que, en los hechos, no será otra cosa que un acto político: la puesta en escena de una interna. Haber avanzado con El gran macabro cuando ya en diciembre se sabía que su presentación era improbable, fue una irresponsabilidad. La suspensión a tiempo hubiera llevado a que sólo la mitad de los contratos debiera abonarse, en lugar de la totalidad que se desembolsará a cambio de la ventilación de una interna (al fin y al cabo, un ensayo es precisamente, una situación interna). Y lo que no se dice es que, aún si las orquestas no hubieran estado en paro, El gran macabro nunca habría visto la luz con el nivel de excelencia que el Colón está obligado a mantener. La cantidad de ensayos asignados a la orquesta era, por ejemplo, considerablemente menor a la que tuvo la orquesta del Met para la preparación de la misma obra. ¿Es que es tan superior el nivel de la orquesta argentina, que puede despachar una obra de esta complejidad con menos ensayos que cualquier otra orquesta del mundo? Tampoco será adecuado el nivel de interpretación de la improvisada y jibarizada (reducida, literalmente) orquesta de pianos y percusión, que apenas ha tenido tiempo de ensayar. Y, por último pero lejos del último lugar en importancia, toda esta supuesta épica que el director del Colón, Pedro Pablo García Caffi, pretende imprimir a lo que no es otra cosa que un disparate musical, no se hace en aras de mostrar una producción nueva y propia, especialmente encargada por el Colón, sino, tan solo, para montar una puesta que llegó llave en mano. No es cierto, asimismo, que la presentación de esta ópera, en el caso de que se hubiera podido estrenar de acuerdo con los planes gubernamentales, hubiera significado una apertura hacia otros públicos, ya que todas las funciones pertenecían a los abonos del teatro y a precios exorbitantes. Programar el estreno en el país de El Gran Macabro con puesta de La Fura dels Baus pero sin funciones extraordinarias, sin convenios con los conservatorios de la ciudad y las carreras de música universitarias para que sus alumnos concurrieran a bajos precios y, por añadidura, sin las condiciones de ensayos que garantizaran un alto nivel musical, fue una simple frivolidad. No haberlo siquiera logrado, es ineficiencia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada